El cuadro de Velásquez Las Meninas, o La familia de Felipe IV, 1656, considerado como uno de los más importantes de la historia de la pintura española, ha provocado a lo largo de los siglos sorpresa, admiración y fascinación en muchos artistas. Se trata de “la teología de la pintura” según el pintor cortesano del siglo XVIII Luca Giordano. De manera directa influyó en Goya, Manet y sobre todo en Picasso quien realizó una serie de 56 cuadros dedicados -cada uno de ellos- a interpretar pictóricamente el famoso cuadro.
PICASSO, Pablo. Las Meninas, 1952. (Una de las 56 pinturas dedicadas por Picasso a su interpretación de la obra de Velásquez). Museo Picasso, Barcelona. |
Es conocida y también famosa la descripción que hace Michel Foucault (1926-1984) en el capítulo I de Las palabras y las cosas del cuadro de Velásquez. La descripción es minuciosa y exhaustiva. A manera de ejemplo, citamos a continuación un pasaje:
En el momento en que colocan al espectador en el campo de su visión, los ojos del pintor lo apresan, lo obligan a entrar en el cuadro, le asignan un lugar a la vez privilegiado y obligatorio, le toman su especie luminosa y visible y la proyectan sobre la superficie inaccesible de la tela vuelta. Ve que su invisibilidad se vuelve visible para el pintor y es transpuesta a una imagen definitivamente invisible para él mismo(...) (FOUCAULT, 1968, p.15).
VELÁSQUEZ, Diego. Las Meninas, 1656 . (La familia de Felipe IV), (óleo sobre lienzo 310 x 276 cm). Museo del Prado, Madrid. |
En ese análisis, Foucault consideraba que el tema de el cuadro no es evidente, porque trata de "la representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre"; ningún modelo, ninguna explicación es suficiente para responder a cabalidad la pregunta ¿qué? o ¿a quién representa? este cuadro que nos muestra la escena de la visita de la infanta Margarita a sus padres (Felipe IV y Mariana de Austria) en el taller del pintor, situado en las antiguas habitaciones del príncipe Baltasar Carlos en el Alcázar de Madrid:
(…) En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquella recoge y despliega en conjunto, señala imperiosamente, por doquier un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta –de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo –que es el mismo- ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación. (Ibíd.)
También Foucault analizó la pintura de Magritte en una pequeña obra (Esto no es una pipa, 1973), en donde compara la obra del pintor belga con la de Klee y Kandinsky.Pero sobre todo, Foucault estudió con entusiasmo la pintura de Manet. Lo sabemos, porque recientemente se ha publicado un libro a partir de la transcripción de una conferencia que realizó Foucault en Túnez en 1971 con el título de “La pintura de Manet”, y porque Foucault firmó en 1967 con les Éditions de Minuit un contrato para publicar un libro titulado, El negro y el color. Al parecer, escribió un centenar de páginas de este libro que luego fueron destruidas (¿quién? y ¿por qué?, no lo sabemos). De manera simultánea, Foucault en esos años dictó varias conferencias sobre Manet en Milán en 1967, Tokio y Florencia en 1970, y la de Túnez que ya mencionamos. (Cfr. FOUCAULT, 2004).
Para Foucault, Édouard Manet, además de ser el precursor del impresionismo por el uso que hace de nuevas técnicas del color a partir de la utilización de colores puros o cuasi puros, y de nuevas formas de iluminación y de luminosidad, también lo es de toda la pintura del siglo XX, que luego desembocará en el arte contemporáneo.
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Édouard MANET (1832-1883) |
Manet, según Foucault, es el primero en el arte occidental desde el Renacimiento, en utilizar en sus cuadros, al interior de lo que ellos representan, el espacio pictórico como tal, es decir, el propio cuadro. Desde el siglo XV, desde el Quatroccento, era una tradición hacer olvidar el hecho de que la pintura se esparcía sobre una superficie, sobre un fragmento del espacio que podía ser un muro en el caso de un fresco o una tabla de madera, una tela o un pedazo de papel. De esta forma la pintura buscaba representar las tres dimensiones a partir de una superficie bidimensional. Producía la ilusión de la profundidad a partir de las grandes líneas oblicuas y las espirales, enmascarando y negando el hecho de que estaba confinada al interior de un cuadrado o de un rectángulo de líneas rectas que se intersecan en ángulos igualmente rectos.
La pintura intentaba así representar una iluminación interior al cuadro o una iluminación exterior, proveniente del fondo del mismo, de la derecha o de la izquierda, de tal manera que se negaba con ello que la pintura existe sobre una superficie rectangular, iluminada ‘realmente’ por la luz del ambiente donde se encuentra. La pintura clásica también le otorgaba un lugar fijo, ideal, al espectador del cuadro, mientras que en el caso de algunos de los cuadros de Manet se trata de algo totalmente distinto porque en ellos -según Foucault- se inventa el cuadro-objeto como materialidad, como cosa coloreada que es iluminada por una luz exterior frontal, delante de la cual y alrededor de la cual puede ubicarse de manera móvil el observador o espectador. Este es el caso de un cuadro como El pífano de 1866, en el cual según palabras de Foucault: “La profundidad ha sido suprimida, el pífano parece no estar en ningún lugar específico. La iluminación proviene del exterior del lienzo, de manera frontal como lo prueba la pequeña sombra de la mano al igual que la del pie que forma una diagonal con el estuche del pífano”. (Cfr. FOUCAULT, 2004).
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MANET, Édouard. El pífano, 1866. (Óleo sobre lienzo 161 x 97 cm). Museo d’Orsay, París. |
Por: Rodolfo Wenger C.
Referencias
FOUCAULT, Michel. (1968). Las palabras y las cosas. México: Siglo XXI.
FOUCAULT, Michel. (2004). La peinture de Manet. Seguido de Michel Foucault, un regard (publicación de una serie de conferencias coordinadas por Maryvonne Saison). París: Seuil.